EL REGRESO
Finalmente, después de tantos años me encontré sobre el mismo suelo por el que tantas veces había andado. Estaba en la plaza principal y no sentía ningún tipo de emoción, por el contrario, pensaba que aquella plaza, centro geográfico y métrico de la ciudad tenía el aspecto de un laberinto. Los árboles caían sus copas hacia abajo. La fuente seca. Después de tanto tiempo no había nada que me atrajera hacia mi lugar de nacimiento. Me di cuenta de que había perdido todo interés por ésta tierra y me pareció natural; hace veinte años que ya no vivo aquí, no me queda mas en éste sitio que la tumba olvidada de mi padre, y un par de viejos amigos a los que trataré de evitar... Pero me engañaba, me estaba mintiendo a mí mismo: lo que llamaba cómo desinterés era en realidad rencor, porque en mi ciudad natal me habían ocurrido cosas buenas y malas, cómo en todas partes, pero los malos tragos habían sido tan crueles y amargos que al mirar atrás no podía recordar éste suelo que ahora piso sin más que con un rencor cargado de motivos confusos y culpabilidades repartidas. Había tomado conciencia de ello en medio de éste viaje. En el ferrocarril. El objetivo que perseguía podría haberlo logrado también en Buenos Aires, pero me había empezado a atraer la idea de llevarlo a cabo en mi ciudad natal, precisamente porque era un objetivo cínico y oscuro, de lo más bajo, y que asombrosamente me libraba de la sospecha de que el motivo de mi regreso pudiera ser la emoción sentimental y esperanzadora de recuperar el tiempo perdido, de remediar las cosas comenzando por el lugar en donde se habían gestado. Una gran broma. Una burla... Le di una última mirada a la plaza. Luego le di la espalda. Caminé por avenida Suárez hacia el hotel donde tenía reservada mi habitación. El conserje me arrojó las llaves y me dijo tercer planta. La habitación era de lo más precaria y vulgar: una cama de una plaza junto a la pared despintada, en el medio una pequeña mesa con una silla de paja; junto a la cama un aparatoso modular de caña con un espejo en el medio, y junto a la puerta un lavabo descascarado... Me senté en la silla observando a través de las cortinas anaranjadas que dejaban filtrar la luz de media mañana y me puse a pensar. En ese momento se oyeron pasos en la galería e inmediatamente la voz del conserje indicando el camino a un nuevo huésped. El eco de los pasos retumbaba a través de la cerradura, eran lentos y cansinos, y se acercaban poco a poco. Se silenciaron justo frente a mi puerta. Podía oír la respiración de alguien por debajo de la hendija. Se adivinaba la sombra de una silueta desfigurada. Después se oyeron otros pasos, se alejaban, luego el ruido de una llave y seguido un portazo que retumbo en la pared de mi apestoso cuarto de hotel. Intenté sumergirme nuevamente en mis pensamientos pero sentí que sería imposible concentrarme en aquel sitio. Me levanté de la silla. Dí unas vueltas por los rincones y decidí caminar. Lavé mis manos, me las sequé en la toalla y salí del hotel. No sabía bien a donde iba, lo único que sabía era que si no quería poner en riesgo el éxito de mi propósito sólo porque la habitación no era adecuada debía entonces conseguir otro sitio. Anduve por Vicente López hasta Colón, luego giré en Garibaldi y finalmente doblé por Ituzaingo. De pronto descubrí que estaba a unos metros de la casa de un viejo amigo de la adolescencia y, a pesar de que no deseaba llamar a su puerta, decidí sentarme en el cordón de enfrente. Encendí un cigarrillo y antes de soltar el humo de la primer pitada, antes de volver el encendedor al bolsillo sonaron unas llaves desde el lado de adentro. Lo vi y fui directamente hacia él cómo si pretendiera obstaculizarle su camino. Me miró enfadado primero, pero enseguida me reconoció y extendió los brazos. Me pareció que su sorpresa era cercana a la felicidad y supuse que sería un hombre muy sólo. Eso me llenó de una tranquilidad absolutamente calculadora, pues con una esposa sería casi imposible pedirle prestada su casa. Le expliqué que había llegado hacía menos de dos horas para resolver un asunto sin importancia. Le pregunté después si se había casado y me contestó que no, que seguía gozando de su libertad... Luego añadió que se sentía feliz de verme, que se alegraba de que lo haya ido a visitar antes que a nadie y de mi curiosidad por su vida. Primero me dieron ganas de preguntarle para que demonios quería tanto a su libertad, pero seguido comencé a sentirme molesto por no haber formulado la pregunta desinteresadamente, sin otro motivo que el de saber de él y, porque la pregunta que le había hecho (si se había casado) no hacía más que simular un interés verdadero, pero era en realidad fríamente calculadora. Afirmé que teníamos muchas cosas por conversar. Estuvo de acuerdo y lamentó no tener, por desgracia, algo más de una hora antes de regresar a la oficina. Caminamos juntos por Paso de la Patria. Todo parecía en su lugar. La ciudad había escapado del paso del tiempo y ahora me parecía una postal inmóvil. Inmutable. Tal cómo en aquellos viejos tiempos en los que solía recorrerla en bicicleta. Frenamos en el café de Nicanor y ordenamos un café largo y un Blenders. Estuvimos en silencio un largo rato: ambos mirábamos por el ventanal la ciudad desierta; inmóvil. Finalmente me animé; sin prólogos ni artimañas le pedí su casa. Se quedó sorprendido por mi atrevimiento, pero enseguida me dijo que estaría encantado de compartirla conmigo. Y continuó diciendo (cómo si estuviese haciendo lo posible por no enterarse de los motivos de mi petición) que si tenía problemas de alojamiento también podía quedarme a dormir, incluso ésta misma noche, sólo que él no regresaría hasta el atardecer del día siguiente ya que tenía que visitar a una amante de una localidad vecina, y que se quedaría a pernoctar con ella. Excelente, pensé, y le dije que no hacía falta, que tenía un cuarto en un hotel, pero bastante desagradable, y que mañana necesitaba estar en un lugar más agradable para pensar sobre el motivo de mi viaje. Después de un momento mi amigo afirmó que estaba encantado de poder ofrecerme algo agradable. Luego conversamos de cuestiones cotidianas mientras bebíamos lo ordenado. Por último me dejó las llaves, me dio algunas indicaciones y volvió a decir que si quería dormir en su casa ésta noche no lo dudara, sólo que necesitaba que mañana a las siete esté ahí ya que era el único juego de llaves que tenía y tendría que abrirle. Agradecí su hospitalidad y antes de retirase preguntó si se me ofrecía algo más. Me llevé la mano a la cara y le dije que lo único que necesitaba sería ir al barbero porque, después de tanto, ya era tiempo de afeitarme. “Estupendo”, respondió él, “me encargaré de conseguirle un afeitado de primera”. No puse obstáculos y me dejé conducir hasta una pequeña barbería frente a Plaza España. Frente a un gran espejo se erguían dos grandes sillones giratorios. En uno de ellos había un hombre sentado con la cabeza echada hacia atrás y jabón de afeitar en la cara. Una mujer de delantal celeste se inclinaba sobre él. Mi amigo se acercó a ella y le susurró algo al oído. Ella me miró, me saludó con una inclinación de cabeza y me indicó con la mano que me sentase en el sillón vacío. Le di la mano a mi amigo en señal de despedida, le agradecí enormemente y seguido me desplomé en el gran sillón giratorio. La mujer llamó a alguien que al parecer estaba en la parte trasera del local. Apoyé la cabeza hacia atrás, y dado que después de tantos años de vida no me agrada mirar mi propia cara, evité el enorme espejo que estaba enfrente, levanté la vista y la dejé viajar por las manchas del techo color ocre. Mantuve la vista en el techo aún cuando sentí en el cuello los dedos de la peluquera tratando de enganchar un delantal en el cuello de mi camisa. Luego la peluquera se alejó y no escuché más que el movimiento de la navaja sobre el cuero mientras la afilaba y permanecí en una especie de gozosa inmovilidad cargada de una agradable indiferencia. Al cabo de un rato sentí en la cara unos dedos húmedos y resbaladizos que extendían por mi piel el jabón y me di cuenta que una mujer extraña me acariciaba con ternura y, en ese momento, imaginé que mi futuro estaba en manos de aquella desconocida dama que sostenía sobre mi rostro la navaja afilada. Luego se interrumpió el contacto de los dedos y oí que la peluquera se alejaba. En ese momento me dije que tenía que ver el aspecto de la que mantenía mi cabeza. Despegué la vista del techo y miré el espejo. Entonces quedé asombrado, y es que me pareció que la mujer que se inclinaba hacia mí en el espejo era alguien a quien conocía. Con una mano levantaba el lóbulo de mi oreja derecha y con la otra raspaba cuidadosamente sobre el jabón, pero entonces al mirarla sostuve que no podía tratarse de otra persona. Luego se inclinó sobre el lavabo, quitó la espuma de la navaja y cambió el sillón de posición. Ahora le daba la espalda al espejo. Por un momento nuestras miradas se mezclaron y, a mí me volvió a parecer que era ella. Ahora me estaba lavando la cara, sus palmas mojadas rozaban mis cachetes y yo, después de veinte años volvía a sentir sus manos sobre mi rostro, que me acariciaba lento y prolongado. Me secó con una toalla blanca y volvió el sillón a la primer posición. Mi cara se reflejó en el espejo y sin detenerme a observar el resultado que me producía verme sin barba después de tanto tiempo volví a echarme hacia atrás. Nuevamente viajaba en las machas de humedad del techo color ocre. Con ella en el pensamiento. Mientras frotaba el jabón en mi cara para la rasurada final y definitiva intenté encontrar sus ojos por segunda vez para llamarla por su nombre, pero ella tenía la cabeza vuelta, sin prestarme atención. Aún podía distinguir en ella a aquella niña que entonces era. Noté que el otro sillón giratorio estaba vacío, y que las demás empleadas tampoco estaban, de manera tal que en el local sólo estábamos la peluquera y yo. Mientras frotaba la navaja sobre el cuero para dar filo me sentí un desquiciado que da crédito a apariciones engañosas y no tuve el valor suficiente para hablarle. La navaja raspaba mi hemisferio izquierdo y una extraña insatisfacción me inundó; lo único que sabía era que no sabía nada, y que era una enorme grosería perder la seguridad sobre una cara a la que una vez se amo tanto. Mis ojos buscaban desesperados en el espejo los suyos, pero entonces, al mirarla, la identidad que hace un momento acababa de comprobar con asombro empezó a disolverse y a perderse lentamente. Mi boca comenzó a sentirse seca, ¡el aire es tan espeso! Luego se inclinó sobre el lavabo, con los dedos quitó la sangre de la navaja, pude verlo, entonces se irguió y por primera vez en veinte años me dirigió la palabra. Con el último aliento alcancé a escuchar que me decía que mi objetivo estaba cumplido. Agonizando, encharcado en sangre noté que metió la mano en mi bolsillo para quitarme las llaves de la casa de mi amigo.